Tomar a los padres: sobre la relación con mamá y papá

Si tienes papá y mamá esto puede interesarte y ser de utilidad. ¿Qué significa tomar a los padres? Podemos describir esta palabra como un reconocimiento a los padres que dice «lo recibí, y agradezco de corazón lo recibido, aquello que me fue dado y lo traspaso, y además así cuido la Vida». Agradezco conscientemente desde el lugar donde hoy me encuentro lo que me fue dado, pues fue dado de la mejor manera que se supo en aquel momento y situación.

 

¿Qué significa descubrir nuestro mundo?

Hablemos claro, la familia es uno de los sistemas más complejos que existe. Nacemos y crecemos en el seno de una familia. Primero con la madre y también con el padre aprenderemos a descubrir nuestro mundo interno y externo.

Adoptaremos creencias, comportamientos, una manera de ser y de actuar, de relacionarnos con nosotros mismos y con el mundo. Recibiremos amor y también dolor de esta experiencia. Iremos creciendo y nos alimentaremos de múltiples y variadas experiencias que irán moldeando nuestro ser y un día seremos adultos.

Y en ese camino de convertirnos en adultos que recorremos, en las incomodidades que nos va presentando el camino, es cuando adquirimos más consciencia sobre quienes fueron nuestros padres, y también quienes somos hoy desde nuestro lugar de hijos e hijas.

 

¿Cuándo normalmente esta toma de conciencia aparece?

Normalmente esta toma de consciencia aparece claramente en la maternidad o paternidad, cuando de repente nos encontramos con unos pequeños que nos reclaman y necesitan de nosotras, y entonces sucede el encuentro. Es entonces cuando de repente «nos percibimos», nos percatamos casi sin pensar.

Nos podemos ver reflejados, en ese cuidar hacia nuestros hijos, en los cuidados que nos fueron dados (o no) por nuestros padres. Empezamos a observar por el retrovisor, en un acto de toma de conciencia y revisión, y se abre una oportunidad para comprenderlos, empatizar con ellos (o no), entender mejor lo que vivieron (o no) y cómo fueron sus circunstancias.

Sin duda, ahora, en esta intersección ser hijo – ser padre, o ser hija – ser madre, tenemos la posibilidad de comprender nuestra infancia no solamente desde el lugar que ocupamos en ella, sino que también podemos ponernos en el lugar de mamá o papá y crecer (si lo haremos o no, es otra cosa). Lo que está claro es que en este ejercicio de la paternidad suceden muchas cosas. A veces nos conectamos con el llanto por ejemplo de nuestros hijos, y ese llanto nos conecta con nuestro dolor de infancia, con nuestro lloro de niños, con nuestras más profundas heridas (posiblemente por esto se hace difícil sostener el llanto de nuestros hijos, porque puede recordarnos nuestro propio llanto).

 

En este punto de encuentro paternofilial o maternofilial en uno mismo, nos vienen preguntas:

  • ¿Quiénes fueron nuestros padres?
  • ¿Qué hicieron o se dejaron por hacer en el camino?
  • ¿Cómo les percibimos ahora que nos convertimos en adultos y qué experimentamos desde este lugar?
  • ¿Cuánto dolor sigo arrastrando aún?
  • ¿Cómo me estoy relacionando y qué tipo de relación mantengo hoy desde el adulto que soy?
  • ¿Sigo siendo un niño o me considero ya adulto?

 

Nos salen las heridas de infancia, percibimos en nuestro cuerpo emociones como el resentimiento, la culpa, la tristeza, la rabia, etc. Y afloran también la alegría, el amor, la compasión y el agradecimiento. Crecemos agitados, pero un día, tenemos la oportunidad de volver a nuestra raíz.

Todos deseamos internamente estar en paz con nosotros mismos y con la vida, con nuestro mundo interior y con el mundo exterior y para ello debemos poder tomar a los padres, amarles exactamente como son, con toda su perfecta imperfección.

Intuimos que para llegar a esa salud plena, a esa paz deseada el camino nos guía hacia asentir a nuestras raíces y abrir el corazón a nuestra historia. De esta manera allanamos el camino a los que vienen detrás y construimos con ellos una relación más sana desde nuestro lugar de padres y su lugar de hijos.

Dicen que «florecer significa pasar por todas y cada una de las estaciones«. Y el florecimiento máximo nace en la paz. Para conseguirla debemos ser capaces de renunciar a la idea de que las cosas hubiesen podido ser de tal o cual manera, que hubiesen podido ser distintas a como han sido y son. Aceptar y mirar las cosas tal y como son, nos dirige hacia el perdón natural, nos abre la puerta hacia la libertad plena, nos conecta con nuestro corazón.

 

¿Qué nos aleja de nuestros padres?

 

Sentirse víctima

Puede ser que sintamos un dolor profundo, que se haya instalado en nosotros el sufrimiento. ¿Me he anclado quizás en el victimismo, el resentimiento, el rencor? ¿No me siento capaz de perdonar?

Puede ser, que te sitúes en un lugar de culpar a tus padres de tu propio sufrimiento, que recuerdes continuamente un momento crucial de la infancia donde te sentiste abandonado por ejemplo por uno de tus progenitores. ¿Te resuena?

¿Sigues dando pataletas una y otra vez manteniéndote anclado en un lugar de victimismo y todo te recuerda a esa historia que viviste cuando eras pequeño, pero hoy ya eres adulto y esa sientes que es una pataleta de niño?

Si es así, resuenas constantemente con tu niñ@ [email protected]

A veces el dolor es tan inmenso que no sabemos siquiera si queremos llegar a ese perdón, si es posible o «lo merecen».

No sabemos por dónde empezar y si realmente la solución es el perdón.

Y en algunos casos es lícito y necesario ese «no te perdono», te hago responsable, porque lo eres.

Y cuando el daño ha sido tal, es importante llegar a poder mirar lo que fue, nombrarlo, y aceptar que fue así, para tener paz tú, contigo, pero manteniendo una distancia segura, un marco de protección aún en el presente, ya que el daño causado pudo ser realmente enorme y dejó en nosotros heridas aún visibles.

Esto también es tomar a los padres, con compasión hacia tí y con una distancia de seguridad en lo que sea necesario. Porque tomar a los padres no es fundirse con ellos, no es desresponsabilizarles, ni idealizarles. Es reconocerles con toda su humanidad, capacidad, amor y vulnerabilidad.

 

Ser su cuidador

Quizás te sientas responsable del sufrimiento de tus progenitores. Muchos nos hacemos responsables de la felicidad de nuestros padres. Pero eso no nos pertenece, la responsabilidad de ser feliz es propia, le pertenece a cada individuo, especialmente a los adultos.

 

Depender de su aprobación

Existe la posibilidad de que sigas esperando el reconocimiento de los padres, deseando tanto que te comprendan, te quieran y te apoyen que decides tu vida basándote en esto.

Si este es tu lugar eso está indicando que sigues ahí en esa relación de dependencia, sigues en el bucle, te domina tu necesidad infantil.

Podría ser también que sientas que no puedes estar sin ellos, que no puedes vivir sin ellos.

Este tipo de vínculo de apego trae consigo una gran esclavitud, nos aleja completamente de la libertad que deseamos.

 

Viejos rencores

Puede que al pensar en ello sientas vergüenza, o que únicamente les veas defectos, no te ves capaz de manifestar y reconocer sus cualidades; sus éxitos, no los puedes valorar. Te parece que son los peores que te podían tocar, que lo han fastidiado todo, que te han fastidiado a tí, la vida. No acertaron una en tu crianza. O bueno, algo lo acertaron pero muy poco. Te quitaron más de lo que te han ayudado.

Si es esto lo que ves al mirar tu pasado es que sigues en un enfado infantil, en tu mirada infantil (sesgada, limitada, incompleta, porque los pequeños tienen muy poca información sobre la complejidad de sus padres y la vida).

 

Evitación

Tu ser se siente molestado al estar con ellos, hay tanta tensión dentro de ti, en distintas formas posibles que tus visitas son cortas en tiempo para no sentir, para evitar esa perturbación dentro de ti. Esta agitación y la dificultad de sostenerlo indica que en esa relación estás aún en un sentir emocional de «no adulto».

 

¿Qué podemos hacer para salir de estos roles?

¿Qué nos libera y qué herramientas puedo utilizar para sanar? ¿Cómo podemos desbloquear estas situaciones en las que a menudo nos encontramos?

Proponemos poner atención a este relato, una historia verídica de alguien que acudió a consulta buscando una herramienta terapéutica que la ayudara a sanar la relación con su padre.

 

Vamos a analizar el caso de Lucía

 

Lucía se presenta a consulta con un caso que explica así:

«Hace más de diez años que he decidido dejar de ver a mi padre, sentía la necesidad de eliminarlo del mapa porque nos abandonó y se marchó de casa al divorciarse de mamá. Aunque lo veía a menudo, cada quince días, para mí era poco. Mi madre hablaba a menudo mal de mi padre y fui llenándome de despecho y rencor hacia él, con el que he ido creciendo y haciéndome mayor.»

Cuenta Lucía que desde que faltaba papá en casa se había responsabilizado de su hermana pequeña y también deseaba cuidar y estar al lado de mamá.

«Sentía que debía protegerlas de mi padre […] Durante un tiempo todo esto me hizo feliz, fui creciendo pensando que todo estaba bien. Al formar mi propia familia me di cuenta de que algo pasaba con todo esto, mi relación con mi pareja empezó a ir mal y finalmente acabó rompiéndose. Ahí empiezo a darme cuenta que estoy igual que estaban mis padres. Estoy en su misma situación, separada, con dos hijas preciosas y hablando mal de mi pareja a mis hijas. Ahora empiezo a notar un dolor profundo dentro, como algo gigante que me bloquea continuamente y no soy capaz de generar ingresos ni alegría en mi día a día. Estoy a punto de emprender un negocio, pero en realidad no me veo capaz. Siento continuamente la necesidad de que mi madre me apoye para todo lo que hago y si no tengo esa aprobación, me hundo. Sigo sin ver a mi padre, aunque tengo ganas de verle, y sé donde encontrarle, quiero, pero no puedo, hay algo que me frena el ir a verle, un sentimiento de culpa enorme me invade por dentro.»

 

¿Cómo haríamos el desenlace de este caso con muñecos?

Mostramos como lo abordamos en consulta a través de los muñecos y desde el enfoque sistémico. Este desenlace te puede servir a nivel profesional y personal. El trabajo con muñecos nos permite ampliar el campo de mirada. La proyección del mundo interno del cliente en la escena con las figuras nos muestra una información valiosa y es una herramienta magnífica para poder hacer consciente lo inconsciente, y a partir de aquí, avanzar.

Vamos allá.

 

1. Le preguntamos a Lucía por qué está aquí y que espera encontrar en esta sesión. Ella responde que quiere dos cosas:

  • Sentirse tranquila con sus padres (con los dos);
  • Lograr emprender sus propios proyectos.

 

2. Le proponemos que escoja las figuras que consideramos importantes en una primera imagen inicial, después de lo que ha ido narrando. Siendo así, ella tiene que escoger:

  • Una figura para «Lucía actual»
  • Una para «mamá»
  • Otra para «papá»
  • Otra para su «hermana pequeña»
  • Más adelante también elige una figura para sus «proyectos» y otra para su «Lucía pequeña».

 

3. Le proponemos que vaya colocando cada figura en el tablero como ella las sienta. Las vamos situando una a una, de manera ordenada, por elección y conectando con cada muñeco. Se la ve nerviosa y tensa, le cuesta encontrar el lugar de alguno de los muñecos en el tablero.

 

4. Luego, leemos la imagen inicial:

 

 

La imagen muestra a Lucía actual que mira hacia atrás donde está mamá, junto a su Lucía niña su hermana pequeña. A lo lejos, casi en un vértice del tablero, está situado papá. Parece que su figura está mirando claramente a la figura de mamá.

 

5. Preguntamos: «¿qué sientes al observar esta imagen Lucía?

«Me da pena y tristeza ver a mi padre ahí tan lejos, tan solo». En el tablero, la figura del padre la mira a ella, y ella está mirando atentamente a mamá. Ahora la propuesta es hacer algún movimiento: se quiere acercar a su niña y a mamá. En este momento su rostro se llena de lágrimas y Lucía dice: «siento mucha tristeza por lo que pasó.»Luego, colocamos a una figura que represente la tristeza.

 

6. Proponemos que Lucía y mamá hablen. Establecemos ese diálogo.

 

Curiosamente mamá lleva una espada en su mano, la tiene un poco extendida, y Lucía se fija. «Me gusta esta espada brillante, me da como fuerza». Si siente que le va a dar fuerza es importante que la coja, la tome, que se contagie de esa fuerza.

 

7. En este momento, Lucía toma la espada de mamá. De alguna manera esta espada le está concediendo la fuerza.

 

 

8. Ahora se propone hacer otro movimiento, que pueda integrar a su niñ@ herida.

«Quiero estar cerquita de esa Lucía pequeña», adelanta un paso. Dice, «la veo triste, me mira triste. Le voy a dar la mano». La fuerza que acaba de tomar, le permite este paso.

Salen algunas frases sanadoras que Lucía expresa a su figura niña:

«Tú eras sólo una niña» y «No estaban en tus manos los asuntos de papá y mamá».

Lucía, llora, se vacía un poquito y puede sentir en su interior la tristeza que alberga. Abraza a su niña, y eso la consuela y le da calma. Al cabo de un rato de este abrazo suspira, se siente fuerte y tranquila.

 

9. La propuesta ahora es que mire a papá y le diga:

«He estado muy enfadada contigo, mamá me enseñó y me contagié de su enfado. Pero no quiero meterme más en esto. Vuestra relación es vuestra, y no mía. Quiero ser tu hija, tener un padre, disfrutar de ti. Tú eres el mayor y yo la pequeña. Dejo mi enfado y mi rencor, me abro a tomar de ti todo lo que tienes para darme».

 

10. Surge un nuevo movimiento para completar la sesión y encontrar esa imagen solución que pueda situar a Lucía en un lugar de fuerza y desde ahí seguir avanzando.

 

 

La imagen ahora se muestra con una Lucía que atrasa unos pasos y contempla a todas las figuras del tablero. A su lado tiene a la tristeza y desde este lugar puede mirar a sus proyectos y a todas las figuras de su núcleo familiar.

Claramente Lucía necesitará unas sesiones más para seguir caminando hacia esa libertad que la abre a vivir un camino de paz con ella misma y con todo lo que la rodea. Pero hoy se va contemplando esta imagen: de una Lucía actual más empoderada, habiendo abrazado a su niña interior y mirando todo desde otro lugar.

Necesitará más tiempo para explorarse a ella misma, para poder sentirse con fuerza y llevar a cabo todo lo que se proponga, pero en esta sesión Lucía dio un pasito hacia delante. Se va con más fuerza, agradecida y con calma. Eso por hoy es suficiente.

 

¿Qué podemos aprender con el caso de Lucía?

Cuando liberamos ese dolor que provocó todo lo que papá y mamá pudieron hacer, experimentamos una transformación, damos un salto. Para poder romper los mecanismos de relación que hemos aprendido y construido el primer paso es: reconocer, darse cuenta de cuáles son los mecanismo y de dónde vienen.

Lo siguiente es estar dispuestos a querer cambiar esto, a vivir distinto, salir de nuestra zona de confort, soltar, aunque primero eso nos lleve a pasar por un proceso extenso de aceptación de ese sufrimiento y dolor.»Nadie dijo que fuese fácil, pero si posible.»

Los muñecos nos ayudan a hacerlo consciente y nos ayudan a poder romper esos lazos invisibles abriéndonos desde el corazón.

 

¿Qué nos libera después de salir de estos roles?

  • Renunciar a una relación idealizada.
  • Dejar de culparles.Dejar de hacernos responsables de su sufrimiento. Si nos ocupamos de algo que no nos corresponde, nos perdemos en el transcurso de la vida.
  • Quitarles la etiqueta de «papis», ahora somos dos adultos en una relación adulta.
  • Comprender que ahora no necesitamos a nuestros padres para ser felices, lo que no nos han podido dar, nos lo damos nosotros mismos tanto como sea posible.
  • Dejar de victimizarnos y usarles como motivo de nuestras dificultades (aunque eso fuese al inicio, hoy somos adultos).
  • Dejar ir al niñ@ vicitmizado abrazándolo nosotros mismos desde la responsabilidad.
  • Madurar emocionalmente, liberarnos de la influencia psicológica que ejercen sobre nosotros, sostener la culpa que nos despierta asumir nuestro rol de adulto libre y responsable de sí mismo.

 

Si recordamos que somos mitad información de mamá y mitad información de papá, y podemos mirar todo lo que hicieron con las gafas puestas de «lo hicieron lo mejor que supieron» y «todos cometemos errores» nos situamos en un lugar de mayor crecimiento.

Desde aquí podremos liberar todo ese dolor para luego experimentar la transformación en nosotros. Cuando estamos en paz con quienes son, entonces podemos tomarlos como son, tan imperfectos como nosotros.

Tomar a los padres se convierte en un acto de agradecimiento, reconciliación interna y humildad que nos permite hacer salir nuestra mejor versión.

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Un cálido abrazo, Marina Viscido

Equipo pedagógico de Ciencia Interior

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