CUENTO A MI MADRE: “RE SOSTENIDO”

Érase una vez una nota musical que se deslizaba acariciando el aire entre las moléculas de oxigeno de un pequeño pueblo francés.

Llamémosla “Re”.

Nació hacía pocos años de un violín que tocaba una joven en la ermita del lugar.

“Re” aprendió a fluir desde joven y se sentía llamada a la perfección melódica más sublime. Cada vez que podía, vibraba con suavidad, besaba el viento y bailaba ballet entre pompas de jabón que colgaban de rayos de sol.

Era tal la delicadeza de “re”, tan inmaculada su existencia y tanto su deseo de perfección que una pelusa flotando a su alrededor era motivo de nerviosismo.

Y, la verdad, pelusas suspendidas en el camino de una nota es fácil de encontrar.

Pero eso no era el principal motivo de tristeza de “Re”.

Ella amaba a su madre.

El brillo de sus cuerdas y el sonido al ser afinadas.

Disfrutaba al contemplar el marrón vetado de su madera y sentía tranquilidad al abrazar sus curvas. Simplemente su existencia la transformaba en “RE” (con mayúsculas). Y su presencia la hacía sentir como una pluma mecida por la brisa.

 

Cuando la joven se marchó, el violín se quedó en la ermita, y fueron muchas las manos que osaron tocarlo. No siempre eran suaves y muchas veces sonaba horrible.

A “Re” le rompía esta realidad. ¡Violín era su Madre! ¡No merecía sufrir! Y su mayor temor… Siendo tan bella y sonando tan horrible en ocasiones ¿Cómo podría ser feliz?

Observaba a su madre, a veces desde lo oculto, y nacían en ella emociones tan variadas como una caja de colores.

La embargaban, no las sabía manejar, la llevaban al caos. Y violín parecía en paz y entusiasmada con la melodía que surgía cada día.

No lo entendía.

“Re”, durante años, trató de impedir el atentado de tantas manos contra ella… pero no pudo.

Con esas, y con otras historias más de pelusas que cruzaron su camino, tuvo que abandonar las ansias de perfección.

Fue justo con esa decisión, cuando apareció el “re sostenido” en su vida… y los “falsetes”.

Y así fue cuando aprendió a vibrar de otro modo, a amar lo que hay, lo que somos, las pelusas y desafinados, las pompas de jabón que brillan colgadas de rayos, el gris, el amarillo… a su madre y a ella misma, los días en mayúsculas y los días en minúsculas.

Requería valor, pero sabía que era mejor amar una verdad imperfecta que vivir en una perfecta mentira.

Ana Mª Porrúa.

Este precioso cuento nació en la experiencia del programa de realizar el árbol transgeneracional.

La toma de conciencia inspiró este cuento a Ana Mª Porrúa.

¡Me encanta!

De modo totalmente creativo describe un gran proceso de conciencia y aprendizaje interno.

¿Qué te inspira a ti el cuento?

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