Cómo desnudarte y con quién hacerlo.

 

En este post aprenderás sobre la sombra, el desnudo más bello y la forma de hacerlo.  

“Mi ex-pareja me mintió tantas veces que, aunque siento que eres diferente, a veces veo cosas donde no las hay y te trato como no te mereces”.

Esta frase no es inventada ni me la he sacado de un libro de desarrollo personal. 

Te la muestro ahora para que la tengas presente, como ejemplo de un momento de la desnudez que creo más compleja pero más gratificante: la desnudez interior. 

Pero antes de comenzar a quitarnos barreras, déjame que te pregunte: 

¿Recibes dardos que no te corresponden? 

Es algo que ocurre con mucha frecuencia.

  • Un grito que no sabes a qué se debe. 
  • Un gesto de desconfianza que sientes que no mereces.
  • Una exigencia que no te parece correcta. 
  • Una montaña de un grano de arena. 

 

Cuántas veces incluso las personas más cercanas reaccionan con nosotros de una forma que no acertamos a encajar. 

¿Qué he hecho para que de pronto me hables de esta manera? 

¿A qué viene este comportamiento?

(¿Se le ha “ido la pinza?”)

No entiendo nada. 

Seguro que si miras en tu pasado, no te hará falta esforzarte demasiado para encontrar momentos en los que te has descubierto pensado de esta manera.

Antes de continuar, recordemos que en la mayoría de los desencuentros con otra persona, hay una parte de responsabilidad de cada lado: ambos contribuimos de un modo u otro al enfrentamiento.

Pero, en algunos momentos, una de las dos partes reacciona de una forma objetivamente exagerada o “desajustada” a la situación que estamos viviendo.

Es de esos momentos de los que hoy hablaremos, parándonos a aceptar antes de nada que recibimos dardos que nos corresponden, pero que también nosotros los lanzamos en algún momento.

La buena noticia, y por lo que te invito a seguir leyendo, es que podemos hacer mucho al respecto.

LA SOMBRA

Carl Jung hablaba de “la sombra”, ese arquetipo al que muchas personas se refieren como “los demonios internos”.

Y seguro que estás conmigo en que todos tenemos una parte propia a la que no dedicaríamos un monumento.

Esa parte incluye, entre otras cosas, una colección más o menos extensa de anclajes inconscientes que nos llevan a sobrerreaccionar en algunos momentos.

El mecanismo funciona de esta manera:

1.-Vivimos un suceso ante el que no estamos preparados y no lo podemos gestionar.
2.-Experimentamos una fuerte emoción de miedo, inseguridad, abandono, impotencia, opresión, vergüenza…
3.-Esta emoción se queda anclada a lo vivido durante ese suceso.
4.-Dejamos que esto forme parte de la sombra, escondido, al no trabajarlo.
5.-Pasa el tiempo y, ante una situación que nos recuerde a ese primer suceso que nos marcó, sobre-reaccionamos en milésimas de segundo para defendernos de lo que nos hizo tanto daño.

El suceso vivido puede ser desde algo tan cruento como una violación, hasta algo mucho más ligero como sentirnos oprimidos por un padre excesivamente autoritario o recibir una reprimenda en público cuando éramos pequeños.

La persona víctima de una violación puede que tenga momentos de rechazar el más amoroso de los gestos.

Quien vivió con rabia las órdenes constantes de un familiar puede que se mantenga amoroso ante un “tráeme un vaso de agua, por favor”, pero que se enfade sobremanera como le pidas un vaso de agua y un tenedor sin el “por favor” al final de la frase.

La persona que se sintió humillada puede que rechace cualquier tipo de acción que suponga ser el foco de atención o que, por ejemplo, se tome un pequeño comentario como una crítica de lo más voraz.

Lo más importante aquí no es tanto lo que ahora podamos pensar sobre el grado de gravedad del primer suceso, sino el hecho de que lo viviéramos en un momento en que no supimos o no pudimos reaccionar para no sentir tanto daño.

Y fíjate que repetimos constantemente “puede que, puede que”, porque no existe un recetario de reacciones ante sucesos. Cada persona reaccionará de un modo ante un evento.

 

 

Desconocer nuestra sombra (o no querer mirarla) es muy habitual. 

Cuando pregunté  en una cena de amigos en su mayoría alejados del desarrollo personal si tenían ejemplos de momentos en los que lanzaran dardos a sus parejas que en realidad no tenían nada que ver con ellas… la respuesta fue unánime:

“Pero no podemos darnos cuenta. Eso es algo que nos tendrá que decir alguien desde fuera. Nosotros lo hacemos y ya está”. 

El tema dio para gran parte de la velada y vi muchas caras de sorpresa ante mi claridad al hablar de algunos momentos en los que sé que meto bien metida la pata y que sigo trabajando porque no he logrado solucionar.

Desnudarse interiormente no está de moda y mucho menos compartir esa desnudez con los demás. 

Pero cuando cuentas con personas con las que te puedes desnudar de esta manera, te aseguro que es todo un regalo, un verdadero bálsamo de tranquilidad y de seguridad. 

Así que, te animo a hacerlo con las personas adecuadas.

¿CÓMO DESNUDARTE? 

Dedica al menos al menos una semana a observar, a poner conciencia en esa parte de ti que no cuentas a los demás o que incluso “no te cuentas”.

Un primer paso para poder encontrarla es responder a estas preguntas:

¿En qué momentos sientes que pierdes los nervios? 

¿En qué situaciones te han comentado que reaccionas de manera exagerada? 

Observa con el látigo bien guardado, aquí no se trata de machacarte, ni culparte, ni juzgarte.

Se trata de observarte con el mayor de los cariños de quien se atreve a mirarse y mejorar.

Si ya formas parte de nuestra lista de correo, si ya te subscribiste a nuestra newsletter, recibirás en tu bandeja de entrada los ejercicios para pasar a la acción tras la observación dentro  de una semana. (*)

Y para terminar con una preciosa sonrisa… déjame que te pregunte… ¿y qué hay de tu parte más “payasa”? 

¿Quién comparte contigo sus momentos más graciosos?

¿A quién dejas ver tus “idas de pinza” más simpáticas?

Mereces disfrutar de desnudarte a solas y con los demás (con los elegidos), ese es el amor completo.

Un abrazo con cariño, a todas tus partes, incluso las de la sombra, y adelante. 

 

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